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1925 - 1960

Su padre

"La comedia del señor Santa Cruz revela excepcionales condiciones para el arte dramático y un conocimiento profundo de esa dificilísima mecánica del movimiento de los personajes con lógica y naturalidad".

Crítica de la Revista Variedades sobre la obra teatral "Confort del hogar" de Nicomedes Santa Cruz Aparicio,padre de Nicomedes. Lima Perú. 1909.)

D.Nicomedes Santa Cruz Aparicio horas antes de partir a EE.UU.
D.Nicomedes Santa Cruz Aparicio horas antes de partir a EE.UU.

En 1881, a mi abuelo le habían matado un hijo los chilenos, y para que no le mataran a otro, embarcó a mi padre, Nicomedes Santa Cruz Aparicio (1870), en el último barco de refugiados de fuera del país que partía a los Estados Unidos con una familia extranjera. Allí se da cuenta de que por ser negro y analfabeto, lo iban a meter a esclavito y se escapó. De esta forma se quedó solo en el mundo a los once años.

Norteamérica es dura pero, en honor a la verdad, debemos agregar que también fue el país de las grandes oportunidades. Así, Nicomedes no sólo adquirió residencia y ciudadanía norteamericana sino que se hizo un hombre completo: capacitado tecnológicamente en refrigeración por amoníaco, manejo de calderos y motores a vapor (fuerza energética de aquella época). En tanto que en lo cultural, aparte del inglés, que era casi su lengua natural, aprendió el francés, alemán e italiano; poseyendo una valiosa biblioteca entre cuyas joyas se contaba la Enciclopedia Británica en su edición especial del año 1900, conmemorando el advenimiento del siglo XX.

Los años pasan en Norteamérica. Le viene la nostalgia. Empieza a recordar lo que había dejado, la guerra, la desolación, el mundo que había abandonado para no morir. Siente al Perú y regresa en 1908. Triunfa como dramaturgo entre 1910 y 1920 con las obras "Confort del hogar", "Servicio Obligatorio" y "Un Don Juan Criollo". Aquí conoce a mi mamá, que era nieta de su padrino. Se enamoran como locos y se queda.

Contaba que su bisabuelo era indio. Un curaca de Santa Cruz de la Sierra. Por eso nosotros somos Santa Cruz, y que cuando se separa del virreynato de la Plata, que se crea en 1776, el curaca tiene que venir a Lima por unos títulos, y aquí en Lima se compra una negra en el mercado de esclavos, porque había una ley que disponía que los nobles curacas o incas, podían comprar esclavos negros. Tiene prole con esa negra y le pone su nombre, Santa Cruz. Era un hombre de frente plana, como aplanada y de trenza larga (mi padre la guardaba como una joya).

Yo tenía muy poca comunicación con mi padre. Sin embargo, cuando muere en 1957, empiezo a darme cuenta que me había legado algo. El me decía en sus últimos años: “Lo felicito señor Santa Cruz, está usted dando de qué hablar”.

 

Lima

Yo nací el 4 de junio de 1925 (el noveno de diez hermanos), en La Victoria, la primera barriada de la República, porque la barriada colonial había sido el Rímac. Mucha gente negra y mulata vivía allí. Mi infancia ha sido maravillosa.

En el nº 435 de Sebastián Barranca. 1979.

Éramos los niños más creativos en la pobreza que teníamos. Era una época en que Lima estaba rodeada de huacas, de chacras y huertos. Tú hundías las manos, y encontrabas un fusil de la guerra del ´79. Yo jugaba con los fusiles de la guerra con Chile. Todo eran carretas. Todo eran pregones.

Los domingos venían todas las tías, y la abuela y preparaban comida de campo; en cinco minutos ya estábamos coronando una huaca. Porque Lima ha sido un santuario que estaba rodeado de huacas, y coronando huacas, que eran muy bajas, se ponía toda la familia a contar cuentos de la esclavitud, o de entierros, de los indios y gentiles. Contaban que los gentiles habían estado enterrados siglos, generaciones tras generaciones;  perdían la coloración de la piel y habían descendido a una condición totalmente zoológica. Entonces salían a las calles a cambiar mazorcas de oro por comida, y la gente corría despavorida al ver a gente transparente con mazorcas de oro en la mano, pidiendo comida. Esas cosas contaba mi abuela, como se las habían contado a ella.

Lima era un enclave que estaba más ligado al Caribe que al resto del Perú, porque había desarrollado una cultura mulata en trescientos años y entre murallas. Gente serrana no había. Nadie hablaba de huaylas ni de muliza. Había un nombre genérico: “Serranito, están bailando serranito”.

En 1939, cuando yo apenas tenía 14 años, se organiza la primera "Feria Folclórica y de Productos Regionales", en la esquina de la avenida Venezuela y Alfonso Ugarte. Al año siguiente, cuando ya había desaparecido el Hipódromo Santa Beatriz, se organiza en lo que ahora es el Campo de Marte, la misma feria y vienen camiones de todo el Perú. Yo tengo 15 años. La gente que viene a Lima se siente tan emocionada de estar en la capital que no vende nada, regala todo. Y los limeños se sienten emocionados al ver por primera vez a los danzantes de tijeras, los negritos de Junín. Es el primer encuentro de integración peruana, en 1940. En 1941 la cosa empieza a degenerar. Los soldados empiezan a violar a las serranitas, y hay enfrentamientos terribles entre los soldados y la policía. Cancelaron la Feria. Lima ya era una ciudad bárbara, pero hay que darse cuenta que la Lima en que yo nazco tenía doscientos mil habitantes y ahora (1987) tiene siete millones, y todo no es más que un proceso de migración.

 

Contacto con la Décima: Su madre

En las noches, recuerdo, me buscaba un negrito que me doblaba la edad llamado Pílade; me recitaba las décimas que aprendía de su padre; cuando él murió, en el año 30, me impresioné muchísimo porque era la primera persona que veía muerta.

Dña. Victoria Gamarra: Su madre.

Mi madre, doña Victoria Gamarra, se pasaba el día entero cantando mientras trabajaba lavando ropa en una batea durante dieciocho o veinte horas diarias; sabía de todo: panalivio, festejos, habanera, vals antiguo y décima. Esta última la había aprendido de niña, con los carreteros del ferrocarril inglés en Monserrate; un día se quedó con la libreta de décimas olvidada por un trovador y se aprendió de memoria los versos. Ese trovador se había pasado de vino en la bodega del italiano donde contrapunteaban estos carreteros; al bodeguero le gustaba mucho las décimas y siempre sacaba una botella de la casa para que siguieran cantando.

Mi relación con la décima sufrió un parón en sus primeros años: Mi madre se afectó del corazón y por esto ya no cantaba; al poco tiempo nos fuimos de La Victoria. Mi padre era buen técnico en refrigeración por amoníaco y trabajo de caldera de vapor, que se usaba todavía y entró a trabajar en una hacienda que se llamaba Lobatón, en el barrio de Lince. Y allá, en Lobatón, me olvidé de las décimas, pero no de la poesía, que me gustaba mucho. En esta época compuse silvas, sonetos, versos formales que no me llenaban.

Desde los tiempos del colegio me gustaba la poesía, pero con el ojo que tenían los profesores, escogían a los chicos que “debían” recitar poemas. La décima conservaba aún alguna función social por aquel entonces; además, la poesía estaba muy presente en el programa educativo de la época, aunque casi todo lo que se estudiaba era del Siglo de Oro Español. La única vez que actué fue en  mi clase. El profesor dijo: “A ver, quien tiene vocación para el arte”. Yo dije: “Quiero cantar”. (Libertad Lamarque acababa de hacer la película Besos Brujos.) Entonces el profesor me presentó: “En tercer lugar, Nicomedes Santa Cruz cantando Besos Brujos”. Cuando llegó mi turno saqué el cancionero porque no me sabía la letra y allí acabó todo: “¡Vaya a sentarse...!”

 

La Herrería

Nosotros somos diez hermanos y la Mamá siempre veía con qué jugábamos, qué inclinación artesanal teníamos, y de acuerdo con eso, nos buscaba el oficio. Al terminar mi quinto grado de primaria fue mi madre la que me dijo: “Tú vas a ser cerrajero”. “Y eso qué es”, le dije. “Ya vas a ver que te va a gustar”. Entonces me llevó de la mano a donde uno de los mejores maestros cerrajeros que había en el Perú: Nicanor Zúñiga. Le dijo, como se decía antiguamente: “Maestro, aquí le entrego a mi muchacho para que lo haga un hombre”. “Déjelo nomás, señora...” Eso fue en el año 36. Entonces se aprendían muchas cosas. Se hacía un trabajo artesanal del siglo XV. Uno iba a un taller en esa época y le decían:

En su taller con el enrejado del mausoleo de Felipe Pinglo. 1958.

“¿Sabe trabajar?¿Cuánto quiere ganar?” “Dos soles diarios” “Bueno, hágase sus herramientas”. Y entonces teníamos que hacernos un martillo, el juego de tenazas... Hacer un martillo es una cosa hermosa. Se puede comprar en la ferretería, pero hacerse su herramienta es una prolongación del brazo mismo. La cerrajería peruana era de corte español, a base de arabescos, por influencia árabe. Cada herrero tenía un estilo que lo caracterizaba como una firma o una huella digital. Ese sello artesanal se conseguía en diez, quince años de trabajo.

Siempre se cantó en la herrería, porque la forja tiene un ritmo. Fíjate, se trabaja con dos machos o combas y como el martillo no rebota cuando el hierro está al rojo, para ahorrarse el esfuerzo de levantarlo se da un golpe en el yunque para que rebote. Por eso hay una musicalidad: entre el sonido sordo de la comba, el golpe del martillo sobre el hierro al rojo y contra el yunque; como el coro de los herreros en la ópera “El trovador” de Verdi: Kimpun kapun, kipun kapun... Uno cantaba sobre ese ritmo, con el fuelle de la fragua que hacía como una tuba. Entonces había una armonía que lo hacía cantar fácilmente. Es un canto “a capella” que no lleva más ritmo que el de la fragua. Esto de alguna forma me ligó a la actividad artística que, en el fondo, no es ningún cambio sustancial: de forjar hierro a forjar palabras, por ahí están las cosas. Y es justamente en los años 40 cuando empiezo a escribir mis primeras décimas, al reverso de los planos que me entregaban para hacer rejas. A veces devolvía los planos garrapateados sin darme cuenta. Menos mal que los dueños eran unos italianos condescendientes con mi afición.

 

Porfirio Vásquez

Unos chicos de Breña, con los que jugaba al fútbol, me dijeron para ir a conocer a su padre, que era un criollazo. No sé por qué lo querrían, puesto que en ese tiempo me dedicaba a ir a los Jardines a bailar boogie-boogie y otros ritmos de moda. Habían muchas academias y cantaba swing en la orquesta de una academia que ofrecía matinées bailables a las que acudían jovencitos por montones. Me sabía todas las canciones. El cantante profesional se iba a beber o a bailar y me dejaba cantando a mí y a otro chico.

Porfirio Vásquez

El caso es que fui a ver a este señor y me cayó muy bien, así como la gente de su barrio; entre ellos estaba don Porfirio Vásquez (1902). Ahí recuperé mi contacto con esa tradición victoriana, con lo que había oído a mi madre. Porfirio tenía ocho hijos, pero como que me "adoptó" y se volvió para mí una especie de imagen paterna.

Diariamente por dos o tres horas me fue contando no solamente cómo se hacía una décima, que era lo más simple, porque ya lo había estudiado en el colegio, sino cómo se llevaba una décima dentro del ámbito rural o como un arma de canto de contrapunto, que no difería en nada del canto de los payadores del Cono Sur, del canto de los jarochos huapangueros del Golfo de México o del canto de los guajiros de las Antillas.

Con él, en el año 49 volví a escuchar una décima. Fue en la chingana del japonés donde se la oí y ahí mismo le hice la planta de una glosa a don Porfirio que decía así:

Criollo no, ¡criollazo!
canta en el tono que rasques,
le llaman El Amigazo
su nombre: Porfirio Vásquez.

 

Rafael

Rafael y Nicomedes. 1947.

Mi hermano Rafael fue la clave en mi “despegue”. Cuando él debutó en el año 47, yo me tiré al ruedo –porque nos hemos criado juntos y nos tratábamos de compadres sin serlo- ya lo estaban cargando en hombros porque había matado su segundo toro que era el sexto por ser debutante. Era un 23 de marzo y le dije: “¡Compadre, has triunfado, qué te parece!” “Parece que no fuera yo”, respondió. A partir de ese instante, él empezó a torear todos los domingos y yo a vivir de la gloria de mi hermano y regresaba borracho, dormíamos en el mismo cuarto, y lo encontraba durmiendo. Le decía: “Compadre, Lima es tuya y tú durmiendo!”. “Es que mañana tengo que entrenar”. “Pero todo Lima está borracha por culpa tuya y tú aquí durmiendo...!”

Rafael tuvo que irse a México primero y después a España. Regresó a los tres años de torear en Francia y España y lo primero que me dice es: “Tú eres artista”. Claro, soy artista del fierro, dije yo. “¡No! Tú eres artista y no del fierro porque en el mundo he visto gente que tiene lo que tú tienes y vive cojonudamente”. Para mí eso era difícil de entender porque Rafael era tres años menor que yo, con menos mundo, aunque conociera un mundo que yo no vislumbraba aún.

 

 

 

Búsqueda de su destino

El arte poético me va ganando terreno, y en el año 1956, el 25 de Abril, abandono el taller de herrería que había montado en 1953 y me largo por el mundo a encontrar mi destino recitando mis versos, que ya se contaban por algunas centenas de glosas. Mi propio maestro, don Porfirio, era algo ya superado por mí, porque todo lo que había hecho él, era prepararme para competir con otros decimistas, que no existían y que en el mejor de los casos, como en el de su hermano Carlos, frisaban los ochenta años. Ellos estaban encuadrados en una temática y en una actividad totalmente rural, en lo humano y en lo divino, y yo veía una serie de acontecimientos distintos. Viajé al norte hasta Ecuador, pueblo por pueblo y chichería por chichería. Preguntaba a la gente de los corrillos: “¿Qué están celebrando?” “El cumpleaños de él, la boda de ella o la despedida de aquél...” “Puedo ofrecerle un poema de homenaje?” y dale, bueno...¡Zas! improvisaba un poema. Querían pagarme. “No, de pagar nada”, decía yo. Entonces me invitaban trago, comida... Ocurría que mareado con tanta chicha ya no estaba allí sino en una casa y en otra. De pronto se producían unos pleitos porque a alguien no le había caído bien y es que a donde fuera le cambiaba el sentido al festejo. ¡Qué boda, ni qué cumpleaños! Todo lo distorsionaba Nicomedes. Alguna gente para darse ínfulas de culto decía: “Eso no es de él, yo he escuchado eso y es de Chocano”. Porque el pueblo analfabeto de esa época todo lo que le parecía bueno se lo endilgaba a Chocano. Así que yo pensaba: si creen que es de Chocano, entonces debo ser bueno...

 

Mundo artístico

Ingresé a la compañía que ya no era “Pancho Fierro” sino “Ritmo Negro del Perú”. Habían debutado y se preparaban para viajar a Chile. Alberto Terry, que era el director artístico dijo: “Me han hablado de ti los Vásquez (don Porfirio) y aquí, en el espectáculo, nadie habla".

Mundo artístico

La gente no conocía nada de arte negro: ni zapateo, ni festejo, ni las décimas y sólo por alineación y la vergüenza que teníamos de hacer nuestras cosas. Ofrecí presentar los cuadros con décimas. Terry advirtió que el ensayo general era la noche siguiente. “Para mañana están las décimas”, le dije. Vivía solo en Breña. Me encerré en mi cuarto y medité como nunca en mi vida. Era el momento decisivo. Sabía que ya me había quedado sin oficio. Justo al terminar la Segunda Guerra Mundial desapareció toda la herrería artesana que yo dominaba. Y un montón de gente tuvo que meterse hasta de cantor o poeta, como yo, porque trabajo ya no había y aprender un oficio a los cuarenta años, por ejemplo, era muy bravo. Entonces me dije: Esto puede ser mi continuidad y tengo que hacerlo tan bien que ahí se arraigue mi vida. Al amanecer terminé la última décima. Quedé extenuado pero en la noche cuando fui al ensayo, mis compañeros quedaron boquiabiertos y cuando dije la última décima que era la Navidad Negra cerrando el acto, Terry tuvo que pegar un grito: “¡Sigue la acción carajo!” Y es que nadie podía creer que de un día para otro hubiera escrito tanto.

Me di cuenta que iba vivir del aplauso. Sin embargo, dada su inestabilidad, sabía que no podría mantenerme como me había mantenido la herrería. Entonces me metí inmediatamente a hacer periodismo. Un hijo de los Miró Quesada dirigía el dominical de El Comercio y le ofrecí un artículo sobre folklore. No tenía nada preparado pero cuando me preguntó sobre qué sería el primer artículo, respondí que sobre la Marinera. Fue heroico. Me costó toda una noche y salió publicado el 1 de junio de 1958, justo cuando cumplía 33 años ("Ensayo sobre la marinera").

09.Imagen. Diaro "El Comercio" 1 de junio de 1958. "Ensayo sobre la Marinera". Por Nicomedes Santa Cruz.

Con Sebastián Salazar Bondy.

Ese mismo año, Sebastián Salazar Bondy me citó a la redacción del diario La Prensa y después de tener una larga conversación conmigo y ver mi libreta de décimas me dijo que iba a escribir un artículo sobre mí, pero que iba a traer cola y generar polémica. Efectivamente, fue lo que ocurrió, pues Sebastián tituló su nota: Nicomedes Santa Cruz, poeta natural.

10.Imagen. Diario "La Prensa" 5 de junio de 1958. "Nicomedes Santa Cruz, Poeta Natural". Sebastián Salazar Bondy.

Inmediatamente le contestó José Durand Flores negando que existiera tal poesía natural –en lo que anduvo acertado, creo yo-; también entró al debate Luis Jaime Cisneros. Al año siguiente, Juan Mejía Baca me publicó el primer libro de décimas y le encargó el prólogo a Sebastián, que le corrigió algunas cosas a su polémico artículo con el que, para decir la verdad, yo no estaba de acuerdo. Sebastián me había ayudado presentándome a la intelectualidad de la época y había orientado mis lecturas, pero en esa ocasión discutimos y el libro se quedó sin prólogo. Creo que alguien que entendió muy bien el fenómeno de la décima fue Ciro Alegría, gran amigo mío. Fue él quien presentó mi segundo libro, editado por Studium. Es que Ciro había vivido largo tiempo en Cuba, tierra de decimistas.

También en el 58 los estudiantes de la Universidad de San Marcos me invitaron a la Casona, en el Parque Universitario, para que diera una charla sobre la décima en Hispanoamérica. El texto se publicó luego en "El Comercio" con un reclamo que yo añadía que se hiciera un estudio detallado de esta forma poética en nuestro país; en aquel entonces ni siquiera imaginaba que luego me correspondería hacer ese trabajo. Lo que pasa es que existían estudios muy buenos sobre la décima en Panamá, México, Cuba, Argentina y Puerto Rico, pero en ninguno de ellos se mencionaba al Perú. A mí, que he nacido en olor de décimas, me fastidiaba esta situación y quería que se rectificara. Y así fue como a partir del año 60 comencé a recorrer la costa, que es el territorio donde había quedado la décima peruana, a fin de recopilar todo el material que me fuera posible.

Cuando llegaba a los pueblitos los octogenarios accedían a cantar sus décimas, pero no faltaba un niño –los niños no se callan esas cosas- que se acercaba para decir: “Ese señor es de Radio Nacional, yo lo escucho”. Y entonces venía la desconfianza y el trovador callaba, creyendo que había ido a robarle su canto. Ahora bien, esto no quiere decir que las décimas no se repitieran y que cada poeta estuviera obligado a ser original; los decimistas analfabetos del siglo XX –he llegado a conocer a algunos- tenían una memoria prodigiosa que les permitía recordar treinta glosas en un solo contrapunto. Échense a pensar lo que significa, teniendo en cuenta que cada glosa la forman cuatro décimas y una cuarteta.

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Extraído de: Revista Juventud (Argentina).
Buenos Aires, 21 de Mayo de 1974.
“Nicomedes Santa Cruz: El Perú entero”

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"La nostalgia de un autodidacta", por Nicomedes Santa Cruz.
El Comercio. 10 de Julio de 1977

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Suplemento. Revista de la Semana
Lima, 17 de julio de 1983
“Yo nací en olor de décimas” por Peter Elmore y Federico Cárdenas.

 

© Nicomedes Santa Cruz Gamarra